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Mostrando las entradas con la etiqueta Sociedad de consumo

A propósito de los ídolos (de los que se van y los que se quedan)

  Ya Carlos Monsiváis contaba un episodio sobre el que me gusta pensar.   El poeta tabasqueño Carlos Pellicer, de apenas catorce años, en 1911 se encontró por las calles del centro de la Ciudad de México, a quien en un futuro podría llamar colega, al poeta peruano José Santos Chocano. Como el niño que era, Pellicer olvidó la ruta que habría de devolverlo a su casa y absorto sólo pudo atinar a acechar torpemente a un Santos Chocano que pronto notó que un diminuto ser le perseguía.   –Niño, ¿tú quieres algo de mí? –preguntó el peruano sonriendo. –No, señor. Es que… yo a usted lo admiro mucho –vaciló Pellicer.   Sin perder la sonrisa, el poeta le puso la mano derecha sobre el hombro y con la otra suavemente le tocó la barbilla. No se dijeron nada. Se alejaron.   El niño Pellicer tomó el tranvía regreso a casa. La emoción que sintió de poder estar tan cerca de un gran poeta no le permitió comer ese día.   Sarcástico, Monsiváis remata la tierna anécdota del poet...

El whitexican que hay en ti (bueno, en mí también)

“¿Que me contradigo? Sí, me contradigo. Y ¿qué? (Soy tan vasto, contengo multitudes)”.  – Walt Whitman. Cuando me descubrí saltando entre pestañas del buscador, persiguiendo entre portales una camisa negra tipo wéstern que se me ocurrió me quedaría bien, supe que había algo raro.   Tal vez sea, me dije, que no suelo usar camisas, eso debe ser lo primero. Que aun si encontrara la camisa que imagino, lo segundo, no tengo dinero ahora como para andar comprando ropa. Luego –y definitivamente–, concluyo que lo más raro debe ser el detalle, pequeño, de estar buscando ropa nueva cuando llevo cinco meses usando el mismo short, como si me hubiese comprometido con un  outfit,  y esperara con él el fin de la pandemia.   “Todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda”, leía en una entrevista que el diario  El Mundo  le hizo a Zygmunt Bauman hace unos años 1 : ésa es mi primera reacción.    Y no le provoco a nadie ruborizarse con eso, ¿cierto?...

El doble filo de la eugenesia.

El Darwinismo social ha involucrado un determinismo genético donde las características heredadas definen las capacidades de los individuos y sus aspiraciones donde el más apto, conforme a la pirámide social, triunfará en la competencia, una adecuación de la teoría evolutiva muy sesgada. Es de esa percepción de donde nace la eugenesia, la cual se refiere etimológicamente a un “buen origen” que, en sus inicios, abogó por la supervivencia y descendencia de los sujetos capaces de sobresalir del resto; ello se definió como eugenesia positiva, la mayor atrocidad en persecución de este (absurdo) objetivo se alcanzó en tiempos de nazismo que representó el punto más inhumano al justificar genocidios por el mejoramiento hacia una “raza superior” donde el estado asumía un rol de dios en políticas de higiene racial. Su contraparte se conoce como eugenesia negativa enfocada en desincentivar o erradicar la reproducción de los menos aptos, mismo que, históricamente han sido segregados y reprimidos, l...